Un clásico de fútbol y un autobús incinerado

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08042012

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Venezuela Un clásico de fútbol y un autobús incinerado





En la mañana del domingo 17 de diciembre de 2000 ningún venezolano imaginaba que, esa tarde, se produciría el más aterrador acto de violencia ligado al deporte de su país. Mientras el mundo occidental planificaba las fiestas para recibir al siglo XXI, los ciudadanos del estado Táchira esperaban su propia celebración: la victoria de su equipo de fútbol en la final de la Copa República Bolivariana de Venezuela. Pero el pospartido fue todo lo contrario a lo deseado, porque la derrota del conjunto de casa desató enfrentamientos entre hinchas, jugadores y policías, además de la quema de un autobús.

El partido en el Polideportivo de Pueblo Nuevo, en San Cristóbal, terminó empatado (2-2), lo que le dio el título de campeón al Caracas F.C. sobre el Deportivo Táchira F.C. gracias al triunfo en el primer encuentro de esta definición, que se jugó en Maracay (2-1). Este resultado cambió los planes festivos de los aficionados andinos, quienes esperaban ver a su “Carrusel Aurinegro” levantando el trofeo. Los que intentaron celebrar fueron los caraqueños, pero el ritual de arrodillarse y dedicar la victoria a Dios que empleó el delantero Juan “El lagarto” García molestó a un minoritario grupo de fanáticos, que se lanzaron a la cancha para hacer desastres.

Cuando algunas de las personas que ingresaron a la cancha fueron a buscar a García, su compañero de equipo, Alexander “Pequeño” Rondón, salió en defensa y le pegó a un aficionado del Táchira. Esto enfureció más a los invasores, quienes enloquecieron por completo y apuntaron a todos los futbolistas rojos. Los policías lograron proteger a los jugadores hasta que entraron a los camerinos y luego intentaron contener a los agresores y hacerlos volver a las tribunas, pero fue imposible.

Los efectivos de seguridad pública se dieron por vencido y los vándalos encontraron otro blanco para descargar su frustración: el autobús blanco, con la placa XHN – 748, que transportaba al Caracas. Lo empujaron desde el estacionamiento hasta la pista atlética que rodea la cancha, allí le pincharon los cauchos, lo saquearon y finalmente le prendieron fuego. Quedó poco más que la carrocería y un letrero rojo con letras blancas que decía: “En esta unidad viaja el Caracas Foot-Ball Club”.

“Fue un deseo de revancha que seguramente no hubiera pasado con otros equipos. Es hacerle daño al capitalino así sea con lo material, más allá de los futbolístico” opina desde su casa en Caracas el periodista de Venevisión, Deportes Unión Radio y El Nacional, Cristóbal Guerra.
Desde Buenos Aires, Edgardo Broner, periodista deportivo y autor de los libros Fútbol Pensado y Gol de Venezuela, afirma que “la quema del bus fue una situación muy impactante, de esas reacciones que genera el fútbol, que van creciendo y que se descontrolan, no sé si alguien podía haberlo detenido. Como que se fue soltando toda la rabia simplemente porque un equipo había ganado el título”.

Broner recuerda la frustración de la gente ante la celebración de “El lagarto” que resultó en algo incontenible: “Fue un espectáculo muy triste que derivó en eso y afortunadamente no en más, porque las personas salieron con vida. Fueron daños materiales y no hubo heridos graves. Fue un bochorno, una vergüenza, algo que tiene que servir para tenerlo como muestra de lo que no se debe hacer y para poder manejar situaciones similares”.
En aquella oportunidad Elio Quintal, quien todavía ejerce como Gerente General del Caracas, habló de esos daños materiales y exigió “al Deportivo Táchira que se nos pague por los daños materiales en contra de nuestro equipo, un estimado de 50 millones de bolívares”. Por el contrario, el gerente en ese año del cuadro aurinegro, César Semidey, habló con el Diario La Nación de San Cristóbal y negó toda posibilidad de retribución de dinero por los perjuicios ya que, según el Artículo 1193 del Código Civil, “toda persona es responsable del daño causado por las cosas que tiene bajo su guarda, a menos que pruebe que el daño ha sido ocasionado por falta de la víctima, por el hecho de un tercero, o por caso fortuito de fuerza mayor”. Presuntamente, hasta el día de hoy la directiva del cuadro capitalino espera la plata, así lo dice Broner: “todavía se saca a relucir que Táchira nunca pagó por el autobús”.

El saldo de esta lamentable situación fue anunciado al día siguiente por Jaime José Escalante, otrora director de la Dirsop (hoy lleva el nombre de Policía del Táchira), y fue de tres policías y un aficionado heridos. Los destrozos también incluyeron 30 metros de la reja que separa a las tribunas con la cancha. Había 102 policías dentro del campo ese día, dijo Escalante, pero no alcanzaron para detener al grupo de fanáticos armados con tubos y botellas que ocasionaron averías estimadas en 150 millones en su totalidad.

Lo que si alcanzó y sobró fue el alcohol. En la mayoría de las declaraciones conseguidas por los periódicos se resalta este factor. Javier Useche era por esos días el vocero del Gobierno del Táchira y en una nota para la periodista Teresa Márquez Soto de La Nación atribuyó el desastre al “exceso y descontrol tanto en la venta, como en el ingreso de especies alcohólicas”.

En su columna para el mismo diario, Homero Duarte Corona escribió que “una y mil veces se ha dicho y se ha escrito que el principal detonante para que se susciten estos hechos de salvajismo no es otro que la venta de bebidas embriagantes en el estadio y el ingreso de las mismas a las graderías. Pero lo más grave es que los dirigentes acepten que los expendedores de la “espumosa” se la vendan al consumidor con el envase, en este caso con la botella”.

El jefe de la policía también manifestó su preocupación a Eleonora Delgado de El Nacional: “Escalante manifestó que no hubo controles para el ingreso, venta e ingesta de bebidas alcohólicas dentro del recinto deportivo, lo que, en su opinión, fue lo que hizo que muchos aficionados adoptaran una actitud agresiva”. El consenso fue total, por lo que hoy en día no se permite la venta de licor dentro del Polideportivo de Pueblo Nuevo.

Actualmente, Daniel Chapela, comentarista de Directv Sports y columnista de El Nacional, agrega que desconoce “si ese episodio fue el detonante en la toma de la decisión, pero comparto la tesis de que el alcohol debe prohibirse en todos los recintos deportivos. Azuza la violencia, promueve el desorden, aumenta la inseguridad. Definitivamente, tendría que ser un punto fundamental cuando se establezcan medidas eficaces para controlar los brotes violentos en los estadios venezolanos”.

Por su parte, Cristóbal Guerra aclara que la prohibición de bebidas alcohólicas llegó unos años más tarde, pero la quema del bus fue un punto de partida: “No fue el hecho definitivo, sino uno más. La prohibición en Pueblo Nuevo vino mucho después (data de 2008, lo del autobús fue en el 2000). Claro que la venta de licor debería ser ley y estar prohibida en todos los estadios. Lo que pasa es que si esto se dicta, tal vez las asistencias bajarían. Ya sabemos lo cerca que están el vaso de cerveza y la afición en cualquier deporte en Venezuela, ¿no es así?”.
La ausencia de licor dentro del estadio en San Cristóbal ha dado buenos resultados, porque no se han presentado otros sucesos graves o multitudinarios. “Fíjate que la última vez Caracas salió campeón en Pueblo Nuevo, hace dos temporadas, y hubo algún incidente menor pero no pasó nada grave. Más bien ahora los incidentes pasan por las barras y sus sectores extremos” resalta Broner.

Para él, lo ocurrido en el 2000 con el bus también debe servir como ejemplo en la planificación de los operativos de seguridad para este tipo de eventos: “Sin duda marcó el fútbol venezolano, porque en los últimos años, cuando se empieza a hablar de violencia y de que la organización de los partidos no está preparada para combatirla, ese ejemplo sirve como referencia de algo muy feo e importante que pasó”.
Ahora es recordado como el caso más alarmante de violencia en el fútbol venezolano, sin embargo no incluyó personas heridas, lo que significó un alivio. Hoy, cuando el balompié sigue luchando por ser un deporte masivo en cada región del territorio venezolano, los enfrentamientos entre barras han causado nuevos lamentos. Allí debe aplicarse aquello del “ensayo y error”, tomando los malos antecedentes como disparador de soluciones.

La rivalidad deportiva

Desde aquella penosa tarde, los aficionados del Deportivo Táchira se valen de este suceso para componer parte de lo que llaman el “folklore del fútbol”. La quema del autobús se cuela en fragmentos de cánticos y se escenifica en las gradas con pequeñas réplicas hechas de anime o cartón. Más allá de lo triste y condenable, el acto de ese 17 de diciembre quedó incrustado en la cultura y el imaginario popular del hincha tachirense.
Casi como una casualidad, el Caracas F.C. comenzó una década llena de títulos a partir del año 2000, si bien habían conseguido cuatro estrellas en los noventa, a partir de la temporada 2000/2001 conseguirían siete campeonatos, siendo el último el de la 2009/2010. Esa final que ganaron al “Carrusel Aurinegro”, un equipo ya considerado grande e histórico antes de la llegada del siglo XXI, parece el punto de quiebre de una rivalidad que actualmente es calificada como el Clásico del Fútbol Venezolano.

Cada vez que se juega este partido se agotan las entradas, ya sea en San Cristóbal o en Caracas. Los principales diarios deportivos le dedican su página principal y los medios de comunicación se dedican a cubrir el evento, pero hace menos de 10 años esto no pasaba, porque el equipo de la capital no tenía una hinchada numerosa. Los enfrentamientos entre ambos conjuntos sólo eran importantes para la afición tachirense, los medios deportivos y los pocos seguidores caraquistas.

“Las hinchadas son fundamentales, no se le puede dar categoría de clásico a un partido si no hay gente en las gradas”, afirma el comentarista de fútbol para Meridiano Televisión, Jóse Manuel Vieira.

En este punto coincide Edgardo Broner: “Antes, cuando no existía la hinchada del Caracas, la rivalidad estaba solo en el campo. Para que sea un clásico, si bien lleva muchos años de historia, tiene que haber una rivalidad de la gente. El tachirense que estaba en Caracas, si su equipo salía campeón, no tenía con quien discutir, la gente de su alrededor no sabía de qué estaba hablando. Ahora es otra cosa, ahora el hincha de Táchira sabe que hay otras personas que tienen esos sentimientos en contra. Es algo fundamental de la rivalidad, que también la hace la continuidad”.
Lo que está claro es que la competencia entre aurinegros y rojos es reciente. Antes de esto, para los andinos era importante enfrentar a los capitalinos, pero había otros compromisos de mayor envergadura, como los que disputaban con Estudiantes de Mérida, con Maritimo o con Portuguesa.

Cristóbal Guerra sustenta este aspecto: “Es una rivalidad de nueva data, como todo en el fútbol venezolano, que heredó el antagonismo Táchira-Marítimo. En el fondo esconde el enfrentamiento de los gochos con la capital, metáfora de los andinos que han estado en el poder. Hay en esto un deseo contra Caracas, por poseer la metrópoli, los medios de comunicación y todas las ventajas que encierra. Futbolísticamente es un partido más, sí, pero revestido del enfrentamiento ancestral. Por eso es que tiene características de especial”.

Todas las voces apuntan a esto: “Es el clásico más importante del país. En sus orígenes es muy probable que la rivalidad provincia-capital haya tenido alguna incidencia; más adelante, el convertirse en candidatos consecuentes al título la acrecentó; y en los años recientes, el crecimiento exponencial de la hinchada del Caracas trasladó el encono a las gradas, con lo positivo y lo negativo que ha sido”, dice Daniel Chapela.
Sin embargo, como es de “nueva data”, hay que regresar a la quema del autobús en San Cristóbal y preguntar: ¿Influyó este hecho en que el pique entre ambos equipos creciera?

Para Vieira fue “un evento que paradójicamente pudo haber contribuido a que empezara a acrecentarse la rivalidad. Aunque es delicado decirlo, porque es casi hacer una apología a un hecho violento y no es la idea, creo que fue importante para que del lado del Caracas se sintiera una solidaridad en la gente, incluso entre quienes no se habían acercado al equipo”.
“Sirvió comunicacionalmente para que mucha gente en Caracas conociera que hay un equipo de fútbol importante y ganador. Así se enteraron de que era el equipo representativo de la Capital”, añade el comentarista.

Esta opinión contrasta con otras que consideran que no fue algo relevante para la rivalidad, puesto que los hinchas que tiene actualmente el Caracas no seguían al equipo ese año, ni antes de eso.

Broner rememora en su oficina: “En aquella época había muy pocos hinchas del Caracas. Aquellos viejos hinchas lo recuerdan y lo mencionan, pero así como muchos descubrieron el fútbol venezolano después del “Boom Vinotinto” del 2001, la mayoría de los hinchas del Caracas de hoy en ese momento no estaban interesados por el fútbol o no vivieron eso. Creo que ese hecho marcó a los que estaban presentes ese día, a los que lo vieron, pero trascendió para un porcentaje muy pequeño de los hinchas caraquistas de la actualidad”.

Al reconstruir la historia de estos dos equipos, Chapela lo secunda: “No creo que ese episodio haya sido un hito, más allá del reprochable acto de violencia. El hecho ocurrió en 2000, un año en el que todavía Caracas era un equipo menor en cuanto a afición. La quema del autobús no incentivó el crecimiento de una hinchada que, para ese entonces, era minoritaria no solo respecto a Táchira sino a unos cuantos equipos más en el torneo local”.

Por su parte, Guerra asegura que “fue un deseo de revancha, que seguramente no hubiera pasado con otros equipos. Es hacerle daño al capitalino así sea con lo material, más allá de los futbolístico”.

Para algunos, aquella fecha fatídica tuvo su influencia, para otros no tiene ningún peso, pero todos concuerdan en que el Táchira – Caracas es un partido de fútbol aparte, con el permiso del alicaído Estudiantes de Mérida, del descendido Portuguesa y del desaparecido Marítimo. Estos adjetivos tienen mucho que ver con la pérdida de protagonismo de estos equipos y la aparición del Caracas para arrebatarles el lugar como principal rival de los aurinegros.

Al respecto, Chapela considera que “Táchira-Estudiantes es el clásico de más solera y mayor antigüedad del fútbol nacional. Perdió peso en los últimos tiempos por la caída sistemática de Estudiantes como contendiente deportivo de peso (con alguna excepción puntual que no modifica la norma)”.
Broner no lo piensa mucho y dice que “no tiene que haber un solo clásico, puede existir uno más importante que otro. En realidad, la palabra clásico viene ligada a una larga historia. Portuguesa–Estudiantes era un partido de gran rivalidad en los 70, luego Portuguesa ha pasado la mayoría de los años en segunda división y Estudiantes ha estado muy débil, si bien tuvo un partido decisivo hace poco contra Táchira y tienen rivalidad porque son dos Estados futboleros y demás. Pero Táchira y Caracas han decidido campeonatos, con lo cual en este momento es un partido muy importante”.

Cristóbal Guerra analiza la cuestión por su impacto mediático: “Son clásicos de verdad, regionales, pero no han tenido trascendencia por la misma razón anterior: los grandes medios están en Caracas, y esas rivalidades pasan más o menos inadvertidas. Pero, en sí, son rivalidades aún más profundas, en lo futbolístico, que los Táchira-Caracas”.

Profunda o no, la rivalidad futbolística entre tachirenses y caraqueños tiene a estos dos equipos como abanderados y, si las calamidades del fútbol venezolano no se interponen, llegó para quedarse. Es impensable que alguna de estas escuadras corra con la suerte de Estudiantes, Marítimo o Portuguesa.

“Salvo que ocurra algún hecho, habitual en el fútbol venezolano, que provoque la desaparición de alguno de los dos, seguirá siendo el clásico. Esta rivalidad, además, genera un atractivo alrededor del fútbol nacional como espectáculo, que aglutina el interés del país. Un hecho que se ve multiplicado por la difusión de los medios, que ya han ubicado el clásico como un elemento básico en sus coberturas” expone Chapela desde la capital venezolana.

Desde Buenos Aires, Broner argumenta el por qué de que este partido mantenga su importancia: “La rivalidad va a seguir. Claro, en lo endeble que son las instituciones en Venezuela, Táchira no va a desaparecer porque siempre hay alguien que lo sostiene, a pesar de que tuvo momentos de caída. En Caracas es distinto porque siempre dependió de un señor y su empresa, ahora depende de sus sucesores, pero me da la impresión que en este momento ya no es más de un propietario o de una empresa, ahora le duele a miles. Si el día de mañana, por algún motivo, los propietarios no quieren continuar con el equipo, no va a desaparecer, alguien se va a hacer cargo porque ya está arraigado”.

Para él la prueba está en las calles, cuando la pasión por los colores de un club de fútbol pasa a formar parte de la cotidianidad: “Ya es un partido como los grandes clásicos, fíjate que esos clásicos nacionales que tiene 100 años de historia son una rivalidad de cada día. Hoy si va alguien con una camiseta aurinegra a Caracas hay gente que le dice cosas y no creo que se le ocurra a alguien andar con una roja por San Cristóbal”.
La competencia entre el poder de la provincia y el poder de la capital, algo que trasciende al deporte, es el ingrediente con el que insiste Guerra al calificar esta oposición futbolística: “En la trastienda del escenario siempre estará el antagonismo gochos vs. capitalinos”.

Más allá de antagonismos derivados de la geografía, están la tradición de uno y el éxito reciente del otro. Los títulos de ambos. El peso de las camisetas. La historia que fueron construyendo por separado y ahora construyen juntos. Historia que aglutina viajes y anécdotas, sonrisas y lágrimas, victorias y derrotas, una “Gambeta” y un Rey, hasta un autobús quemado. Muchos goles y, eso sí, mucho fútbol. La historia de un clásico. La historia del Táchira – Caracas.
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adriano rodriguez
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